Pruebas de grandes retos
La vida es maravillosa, aunque también supone un reto. Las victorias y las derrotas, los avances y los reveses, los momentos de alegría y las épocas de decepción se entrelazan para darnos experiencia, y pueden moldearnos hasta convertirnos en quienes estamos destinados a ser: la mejor versión de nosotros mismos.
A menudo, empezamos como las Montañas Rocosas: escarpadas y dentadas. Pero a medida que la vida nos va puliendo, nos vamos pareciendo más a las Tierras Altas de Escocia: lisas por el paso del tiempo, firmes y con una tranquila seguridad en lo que nos estamos convirtiendo. A medida que las montañas se forman y se asientan con el tiempo, llevan las marcas de lo que han soportado: pruebas del pasado y del progreso a lo largo del tiempo. Y, como una montaña, llevamos marcas en nuestras propias vidas: recordatorios de dónde hemos estado, dónde estamos y adónde esperamos llegar.
Algunas de las lecciones más importantes de la vida provienen de experiencias que nunca habríamos elegido.[1] Y, a menudo, son precisamente esos momentos difíciles los que dejan huella. Pero esas huellas, testimonio de grandes retos, pueden convertirse en algo sagrado, recordándonos a nosotros y enseñando a los demás el progreso que representan.
Don Jessop, un hombre de 27 años, casado y padre de familia, estaba viviendo su sueño como vaquero cuando un trágico accidente lo dejó paralizado de cintura para abajo. De repente, la vida de su joven familia dio un giro. Se mudaron a una nueva casa más adaptada a sus necesidades, donde Don aprendió a moverse por cada habitación en silla de ruedas.
Al hacerlo, sin querer dejó marcas: arañazos y hendiduras en las puertas y los marcos. Con el tiempo, esas marcas se fueron acumulando y cualquiera que entrara podía verlas.
Años más tarde, tras la muerte de Don, sus hijos reformaron la casa, pintándola y poniendo moqueta nueva, y dedicaron mucho esmero a su restauración. Pero hubo algo que no se restauró: las marcas que había dejado la silla de ruedas de su padre.
Para la familia, estas huellas eran sagradas: la prueba de una vida difícil pero bien vivida, una vida marcada por el crecimiento, la fortaleza y el amor.
Todos llevamos las huellas de los momentos difíciles de nuestras vidas, pero esos retos y esas huellas no tienen por qué definirnos. Al contrario, pueden inspirarnos a nosotros y a quienes nos rodean para seguir avanzando. Ojalá podamos aceptar e incluso dar gracias por las huellas de los duros retos de nuestras vidas. Los arañazos y las marcas dan testimonio de la experiencia, del esfuerzo, del progreso y de la fe en el futuro.
[1] Para un análisis más detallado de esta idea, consulta Gerrit W. Gong, «Los grandes dones de la eternidad: la expiación, la resurrección y la restauración de Jesucristo», Liahona, mayo de 2025, págs. 97–99.
14 de junio de 2026
Emisión n.º 5.048
Coro del Tabernáculo
Orquesta en la Plaza de Tempe
Director(es)
Mack Wilberg
Ryan Murphy
Organista
Richard Elliott
Anfitrión
Derrick Porter
«Venid, naciones de la tierra»
Tradicional, arr. Mack Wilberg
Alegraos, el Señor es Rey
Malcolm Archer
Guíanos, oh gran Jehová (Cwm Rhondda)
John Hughes, arr. Paul Manz
«Pilgrim Song»(
), himno folclórico estadounidense, arr. Ryan Murphy
Música por todas partes
, Ryan Murphy
«Be Still, My Soul»(
), de Jean Sibelius, arr. Mack Wilberg
La llamada de los campeones
, John Williams